Hay relatos que, aunque nacieron en épocas, culturas y tradiciones distintas, parecen encontrarse alrededor de una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando el ser humano comprende que sus actos hacia los demás también construyen el mundo que habita? (TE INVITO A QUE HAGAS el Reto 33 UNIDOS VENCEREMOS)
En distintas corrientes espirituales aparece la imagen de una humanidad que despierta. Gerardo Amaro habla de los Soldados del Arcoíris; el Apocalipsis utiliza la imagen simbólica de los 144,000, provenientes de las doce tribus de Israel; y diferentes autores, épocas y tradiciones han descrito, con nombres distintos, la idea de seres humanos que despiertan para participar conscientemente en una transformación colectiva. Helena Petrovna Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica, desarrolló una visión esotérica de la evolución espiritual de la humanidad que, posteriormente, otras corrientes han relacionado con conceptos como las llamadas “semillas estelares”. No significa que todos estos autores estuvieran describiendo literalmente el mismo fenómeno; mi propuesta es observar el hilo simbólico que parece atravesarlos: la posibilidad de que el ser humano despierte, recuerde su responsabilidad hacia los demás y participe conscientemente en la transformación de su época.
Aquí te propongo leer esas imágenes desde un mismo lugar: no como una élite elegida, sino como una responsabilidad elegida.
Los 144,000 pueden convertirse así en un símbolo contemporáneo: 72,000 hombres y 72,000 mujeres que deciden conscientemente practicar algo extraordinariamente sencillo y, al mismo tiempo, profundamente difícil: la bondad hacia el prójimo.
No importa la religión, nacionalidad, ideología, sexo, condición económica o manera de entender a Dios. Nadie necesita sentirse superior, iluminado o elegido. Ser un Soldado del Arcoíris significaría exactamente lo contrario: comprender que ninguna transformación colectiva tiene sentido si comienza separándonos de los demás.
La propuesta parte de algo elemental. Entre tú y otra persona siempre existe un espacio. Un espacio físico, pero también psicológico, emocional y cognitivo. Algunas tradiciones religiosas podrían nombrar simbólicamente ese vínculo como Espíritu Santo; desde nuestra lectura de la Kábala, podemos relacionarlo con la antigua idea del éter; y Jacobo Grinberg, desde su teoría sintérgica, utilizó el concepto de lattice para referirse a una estructura fundamental de la realidad y explicar la relación entre conciencia y experiencia. Aquí usamos esas imágenes para hablar de ese espacio que existe entre tú y yo: aquello que nos conecta aun cuando aparentemente estamos separados.
La pregunta importante no es cómo lo llamamos, sino qué ponemos dentro de ese espacio.
Podemos llenarlo de miedo, desprecio, resentimiento y confrontación. O podemos llenarlo de respeto, amor, prosperidad compartida, responsabilidad y bondad.
Desde algunas corrientes espirituales se interpreta esta transformación como un cambio de vibración o incluso como un “salto a la quinta dimensión”. Jean-Pierre Garnier Malet ha desarrollado, por otro camino, su propuesta del desdoblamiento del tiempo; y distintas tradiciones mesoamericanas concedieron enorme importancia a los ciclos calendáricos de 52 años. Esto lo utilozo como lenguajes diferentes para formular una pregunta común: ¿puede el ser humano cambiar profundamente la manera en que se relaciona consigo mismo, con el tiempo y con los demás?
Yo estoy seguro que esa transformación empieza en el presente.
Y aquí entra la comunicación.
Durante décadas hemos vivido expuestos a narrativas capaces de dividirnos entre izquierda y derecha, ricos y pobres, creyentes y ateos, nacionales y extranjeros, buenos y malos. Los medios no son los únicos responsables de esa polarización, pero los sistemas de comunicación pueden amplificar el miedo, el conflicto y la indignación porque esas emociones capturan nuestra atención.
Por eso, ser consciente también significa aprender a observar quién construye una narrativa, qué selecciona, qué omite, qué emoción intenta provocar y a quién beneficia nuestra confrontación.
Eso es parte de lo que hago en #SoyComunicólogo.
No busco decirte qué debes pensar. Quiero recuperar algo anterior a cualquier ideología: tu capacidad de observar, cuestionar y decidir conscientemente cómo actuar frente al prójimo.
Ser un Soldado del Arcoíris no te hace más espiritual. Tampoco te hace mejor persona automáticamente. No te coloca arriba de nadie.
Te hace responsable.
Responsable de aquello que recibes, de aquello que transformas y de aquello que devuelves al mundo.
Como un árbol: recibe, transforma y devuelve vida.
Como la respiración: inhalamos, transformamos y exhalamos.
Y quizá ahí puedas entender tu propio 3, 6 y 9: recibir conscientemente la información; encarnar aquello que construye; y soltar aquello que ya solamente produce miedo, división o resentimiento.
El verdadero salto no necesita comenzar en otra dimensión.
¡AQUI COMIENZA! EN ESTE PRESENTE.
Cuando una persona decide tratar con dignidad a otra. Cuando deja de compartir odio simplemente porque confirma lo que ya pensaba. Cuando cuestiona una narrativa antes de convertirla en verdad. Cuando entiende que el desconocido que tiene enfrente también forma parte de la humanidad que quiere transformar.
144,000 no tendría entonces que ser solamente un número. Podría ser una invitación.
Una persona transforma su relación con otra. Esa persona transforma otra relación. Y así comienza una cadena.
No necesitamos esperar a que cambie toda la humanidad para empezar.
Necesitamos empezar para que pueda cambiar la humanidad.
Eso significa PARA MI ser Soldado del Arcoíris.
No venir a salvar al mundo.
Venir a recordar que somos responsables de la parte del mundo que tocamos, porque
TODOS SOMOS DIOSES.